MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2009
"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días
y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis etarctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI
La Cuaresma nos coloca ante el ascenso penitencial a la Pascua, para que su celebración, tal como canta el prefacio cuaresmal, nos llene con el gozo de habernos purificado “dedicados con una mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno”. Hermoso programa para un tiempo de crisis social y religiosa, cuando la solidaridad con el prójimo y el amor fraterno ha de ser resultado de una profunda conversión del corazón mediante el desapego a los bienes de este mundo que pasa y la búsqueda de los valores eternos.
1. El ayuno que a Dios agrada
Invito a leer con atención el mensaje del Papa Benedicto XVI para la Cuaresma, centrado este año en el valor religioso del ayuno, más allá de la simple utilidad de la higiene dietética y del utilitarismo que al ayuno se le pueda sacar siempre, pero particularmente en tiempo de crisis. El ayuno representa la contundente afirmación de que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4,4), como respondió Jesús al Tentador, recordándole la advertencia del Deuteronomio a propósito del hambre padecida por los israelitas en la travesía del desierto hacia la patria prometida. Representa además el ayuno la toma clara de conciencia de la insuficiencia de los bienes y la insatisfacción del consumo desmesurado cuando el prójimo padece hambre. Finalmente, el ayuno representa el triunfo de la fraternidad contra el egoísmo del consumista, que no llega nunca a satisfacer sus ansiedades; porque el ayuno que a Dios agrada es éste: “partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne”, porque, si esto haces, “entonces nacerá tu luz como la aurora y te brotará la carne sana” (Isaías 58,7) En definitiva, el valor religioso del ayuno consiste en ser la señal de la relatividad de todo lo humano frente a la permanencia de Dios y el valor trascendente de la vida del prójimo percibida como revelación de la fraternidad que une a todos los hombres.
Sin embargo, a veces pareciera que los cristianos estamos de espalda a esta honda verdad religiosa del ayuno. La Semana Santa se diluye en ocasiones en el esplendor que ampara los desfiles procesionales y el aire festivo que los acompaña. Se diría que falta austeridad en la compostura y sobriedad en el consumo, sin los cuales es difícil percibir el significado religioso de las celebraciones pascuales. No se trata de restar esplendor a la belleza de la ornamentación que sirve a la representación de los misterios de la fe, sino de acompañar los desfiles con el fervor religioso que genera la contrición de los pecados y se expresa en la privación voluntaria del ayuno, para que la palabra de Dios resuene en el interior de los creyentes y golpee la conciencia de los alejados atrayéndolos a la fe.
2. Volver sobre el alcance ético de las celebraciones de Semana Santa
Hemos reflexionado años atrás sobre el valor de catequesis que encierran los desfiles procesionales, en su valor como muestra de plástica religiosa, transidos de la belleza de la fe que ha captado y plasma el misterio de la muerte redentora de Cristo y del dolor de su santísima Madre. Cumple que prolonguemos la reflexión sobre el alcance ético de las celebraciones de Semana Santa, que, si son vividas con fe, ayudan a quienes nos contemplan a medir el alcance moral de nuestras acciones, siempre enraizadas, por lo demás, en un corazón ineludiblemente pecador. Doctrina y moral católica van parejas, son inseparables la una de la otra en recíproca referencia. Urge, por esto, revisar si determinados comportamientos personales y sociales se compadecen con la piedad popular, que puede atraer como espectáculo dramático, pero que no cumple con el objetivo de provocar la conversión y transformar la vida de cuantos celebran y contemplan la escenificación de la historia de la salvación en las imágenes de la Semana Santa.
Es verdad que la escenificación de la obra redentora de Cristo y los dolores de María son, antes que nada, manifestación de la fe creída y profesada; y es verdad, además, que en esta escenificación plástica de las imágenes se trata del culto a Cristo y a la Virgen María y, por eso, de la glorificación de Dios creador y redentor del hombre. Con todo, no se da verdadero culto a Dios, como dejó dicho Jesús, si no se tiene en cuenta que “Dios es espíritu y quienes le dan culto han de adorar en espíritu y en verdad” (Juan 4,24). Por eso san Pablo dirá, siguiendo a Jesús, que los cristianos han de “ofrecer sus cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios”, precisando que “tal será vuestro culto espiritual”, exhortándoles a “no acomodarse al mundo presente, antes bien a dejarse transformar mediante la renovación de vuestra mente, a fin de poder distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 1-3).
En este año jubilar paulino, a los dos mil años del nacimiento del gran Apóstol de las naciones, sigue impactando la vivencia mística que san Pablo tuvo del misterio pascual de Cristo. La configuración con Cristo es para Pablo místico amoldamiento, que acontece por el bautismo, a la muerte y resurrección de Jesús. De esta suerte, dice a sus comunidades que “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Efesios 5,24), hasta dar muerte al hombre viejo en sí mismos y haber renacido místicamente al “Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y la santidad de la verdad” (Efesios 4,24).
Nada puede ser tan eficazmente testimonial como la coherencia de fe y obras. Es esta coherencia la que puede dar consistencia a las manifestaciones de la piedad popular que quieren ser siempre testimonio vivo de cuanto alberga en corazón creyente. El verdadero creyente en Cristo funda la coherencia de una vida cristiana en la verdad revelada y profesada con fe viva, la fe que obra por la caridad, no en el mero sentimiento religioso. Éste, ciertamente, es importante porque es un signo de la fe que abre al misterio que el corazón intuye y percibe, pero por sí sólo no alcanza el verdadero objeto de la fe: el misterio de Dios revelado en Jesucristo. De aquí que el corazón verdaderamente moldeado por la piedad auténticamente cristiana no opone el sentimiento religioso a la práctica de los sacramentos de la Iglesia. Muy, por el contrario, vive la vida de piedad como preparación y prolongación de los sacramentos que comunican la gracia y la salvación.
3. Las imágenes, oportunidad de purificación y gracia
Al volver de nuevo los ojos hacia las imágenes de la redención en la Semana Santa, nada puede ayudarnos más a vivir mejor el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo que la purificación de los ojos, de la mente y del corazón para contemplar en las imágenes la revelación del amor de Dios. Las imágenes de Semana Santa interpelan nuestra conciencia cristiana y demandan de nosotros una respuesta. Nos revelan el misterio de la fe y nos preguntan por su vivencia, reclaman coherencia, una práctica ética de la vida que permita a los que nos contemplan concluir que nuestra vida es verdaderamente moral.
La Cuaresma nos abre a la contemplación de las imágenes sagradas, compromiso y tarea de los cofrades en singular medida, si bien compromiso y tarea de todos los bautizados. Mas, para que la contemplación de las imágenes surta su efecto sanador, es preciso un ayuno del materialismo consumista, ahora recortado por la crisis social, que incluye una cierta abstinencia de alimentos, pero sobre todo de pasiones malsanas y apetencias egoístas, que ignoran el dolor del Crucificado. Un dolor que le fue inflingido al Redentor por la soberbia del hombre autosuficiente y pecador. Para que su amor nos alcance necesitamos de la penitencia y la conversión, porque sólo ellas disponen a una profunda cura de humildad, que arranca de los ojos el velo cegador del pecado. Ojala que la Cuaresma que comenzamos cumpla su benéfico efecto en cada bautizado.
Deseo a los cofrades de nuestras hermandades y cofradías, y a todos los fieles cristianos en general, una santa vivencia de la Cuaresma que nos aboque a la Pascua con el gozo de la purificación lograda.
Almería, a 25 de febrero de 2009
Miércoles de Ceniza
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
Estimados hermanos y hermanas cofrades: Paz y bien
La celebración del Miércoles de Ceniza nos ayudó a penetrar en el camino de la Cuaresma. Una extraordinaria preparación para vivir intensamente el gozo pascual de la resurrección de Cristo, que vence a la muerte para siempre y nos asocia al triunfo del amor de Dios Padre. Durante todo este tiempo y de forma privilegiada la Iglesia nos pone con abundancia la mesa de la Palabra. Domingo tras domingo nos acercaremos a Jesús que camina hacia la Pascua y que nos prepara para comprender el amor infinito de Dios. A pesar de nuestras incoherencias y pecados, sabemos que somos de Cristo y queremos compartir con él su muerte y su resurrección. Es un tiempo favorable, toda una oportunidad para vivir como Iglesia todos los misterios que acontecen en Jesucristo. Para ello la limosna generosa y discreta que no busca el reconocimiento social sino el bien de los hermanos para ayudarlos a crecer en dignidad y cercanía a Cristo, el ayuno (Miércoles de ceniza y Viernes Santo), la abstinencia durante los viernes de Cuaresma junto con la oración (personal y comunitaria en la Santa Misa) siguen siendo los medios que Jesucristo nos anuncia como privilegiados para crecer en Dios y en familia cristiana.
Esta Semana Santa no puede pasar sin pena ni gloria, tampoco su Santa Cuaresma. Cristo se acerca a mi vida en el madero de la cruz y quiere que le acompañe hasta el momento de la Resurrección. No podemos permitir que las diferentes distracciones de la vida me aparten de su voz y de su mirada. Si la estación de Penitencia es sin lugar a dudas un momento extraordinario de encuentro con Dios, sólo si se vive unido a la celebración de la Eucaristía cada Domingo, recibiendo el sacramento de la Penitencia, escuchando la Palabra de Dios proclamada en la Eucaristía, comiendo su cuerpo y sintiéndome miembro de la Iglesia, encuentra su pleno sentido.
A continuación os presentamos el programa cuaresmal de este año que nos puede ayudar a aterrizar en cada semana una serie de puntos para meditar y profundizar al hilo de la Palabra de Dios proclamada cada domingo.
Feliz y vivida estación de Penitencia y feliz Pascua de Resurrección.
D. Ramón Carlos Rodríguez García
VIVIR LA SEMANA SANTA EN LA COMUNIÓN DE FE DE LA IGLESIA
La Semana Santa vuelve a ejercer el arrastre de fe y devoción que aflora en el pueblo cristiano en torno a la celebración del misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección gloriosa. La piedad popular se apresta a sus mejores manifestaciones inspiradas por el drama de la cruz y la luz poderosa del Resucitado, que ha cambiado el curso de la historia humana, porque en ella se le ha revelado al hombre el misterio y sentido de su vida, fruto del designio de amor de Dios por el mundo.
1. El misterio pascual, meta del año litúrgico
Conviene, por esto, recordar que en el transcurso del tiempo santo que va de la Cuaresma a la Pascua, las expresiones de la fe tienen la función de manifestar el misterio creído y adorado por los fieles en la comunión de la Iglesia. Las manifestaciones de la piedad popular no se separan de la vida litúrgica de la comunidad eclesial, sino que, muy por el contrario, la prolongan y la expresan llenando tiempos y espacios de contemplación, meditación y disciplina que crean el ambiente espiritual propicio para la celebración litúrgica y su más honda vivencia.
Así, pues, es preciso no separar la piedad popular del cíclico litúrgico que da curso a la celebración de los misterios de Cristo y de María y a la memoria de los mártires y de los santos. Esto debería hacer comprender que no es posible celebrar en cualquier tiempo las solemnidades y festividades cristianas, ya que tienen su lugar propio en el lugar que ocupan dentro del año litúrgico. En él, la celebración del misterio pascual es la meta hacia la que caminan todas las celebraciones que van así, desde las fiestas de la Natividad del Señor precedida por los domingos de Adviento a las solemnidades del Triduo pascual, precedido por el tiempo santo de los domingos de Cuaresma. La pascua culmina en la solemnidad de Pentecostés cerrando el ciclo litúrgico. Debe tenerse en cuenta que todo el ciclo litúrgico tiene en el domingo la pieza clave para la celebración de la fe y el día propicio para la evocación del misterio pascual. El Vaticano II recordó en la Constitución sobre la sagrada liturgia: ?La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón «día del Señor» o domingo?, y que ?en este día los fieles deben reunirse para escuchar la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pedro 1,3). Por consiguiente el domingo es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también un día de alegría y de liberación del trabajo. No debe anteponerse a ésta ninguna otra solemnidad, a no ser que sea realmente de gran importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico? (Const. Sacrosanctum Concilium, n. 106).
Esta larga citación del Concilio permite comprender a todos que la Semana Santa culmine en verdad en el domingo de Pascua, día en que la celebración de la Misa pascual, que sigue a la gran Vigilia del Sábado Santo, viene siendo entre nosotros con toda justicia concurrida en forma masiva, con la presencia de todos los cofrades de las Hermandades y Cofradías de Semana Santa. Reforzar la participación en las celebraciones del Triduo pascual y en la misa pascual es de la mayor importancia, porque con esta participación lograremos expresar más plenamente, de modo convincente, que el misterio pascual es el centro de la vida de fe y que el Misterio pascual es el contenido de cada celebración dominical.
2. La piedad popular en la Semana Santa
Se comprenderá que las expresiones de la piedad popular a que ha dado curso y cauce la Semana Santa tengan en el marco de las celebraciones cuaresmales y, principalmente, de la propia semana grande de la fe cristiana su lugar propio. Los actos de piedad que los fieles realizan por devoción a las sagradas imágenes que escenifican plástica y bellamente los misterios de la redención, son expresión de la identificación de los fieles con Cristo Redentor y con su Santísima Madre. Hay un profundo sentido cristológico y mariológico de la fe católica en la piedad cofrade, de modo que ?la imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa?, tal como dice el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, que fundamenta su juicio de valor sobre la veneración de las imágenes con la doctrina del Concilio de Trento, según la cual a las imágenes se les tributa veneración ?no porque se crea que en ellas hay cierta divinidad o poder que justifique este culto o porque se deba pedir alguna cosa a estas imágenes o poner en ellas la confianza, como hacían antiguamente los paganos, que ponían su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se les tributa, se refiere a las personas que representan? (Directorio, n. 241; CONCILIO DE TRENTO, Decreto sobre la invocación, veneración y reliquias de los santos y sobre las imágenes sagradas, 1563).
Los actos de piedad en torno a las sagradas imágenes acrecientan la fe en aquello que representan: los misterios de la redención y acrecientan asimismo el amor a Cristo y a su Madre Santísima representados en las imágenes. Por esta razón el orden que las mismas imágenes sagradas han de guardar en su ubicación en los retablos y hornacinas de las iglesias, y estos días santos en los desfiles procesionales es ya una manifestación del lugar propio que Cristo y María ocupan en la historia de la salvación: Cristo es el centro de toda piedad cristiana, Mediador único y Salvador universal, a cuya acción redentora asocia a su Madre y a los santos, en cuya comunión entramos todos los fieles si nos dejamos configurar con Cristo mediante la gracia divina que obra en nosotros y nos llega por los sacramentos, particularmente por el bautismo y la Eucaristía, los grandes sacramentos de nuestra fe.
3. Todo es para la mayor edificación de los bautizados en Cristo
De lo dicho se desprende que todo es para la mayor edificación de los bautizados. La piedad popular viene a ayudarnos estos días de fe a una más honda comunión con Cristo en la Iglesia, acompañados de María y de los Santos, apoyados en su intercesión por nosotros. María y los Santos nos ayudan a encontrar la salvación en aquel que es el único camino de redención, Cristo Jesús. Con él nos hemos configurado en el bautismo, sacramento que centra las prácticas cuaresmales como tiempo de preparación de los catecúmenos para el bautismo y de evocación bautismal para los bautizados. En la Cuaresma, en efecto, los catecúmenos se disponen para acercarse a la fuente bautismal en la Pascua; y en la Cuaresma, los ya bautizados hacen memoria de su propio bautismo y activan su compromiso de fidelidad a Cristo, con el cual se unieron místicamente asimilándose a su muerte y resurrección en las aguas bautismales.
El valor de las imágenes de Semana Santa estriba justamente en ayudarnos a revivir el misterio central de nuestra salvación por el cual recibimos nueva vida y hemos venido a ser hijos de Dios, como dice el prefacio de la Cuaresma evocando nuestro caminar hacia la Pascua eterna, donde se manifestará plenamente nuestra condición de redimidos y de hijos de Dios.
Deseo que todos, pastores y fieles, los cofrades y el pueblo entero de Dios revivamos en las celebraciones de la fe de este tiempo santo y principalmente durante el Triduo pascual, la gracia de la salvación que Dios ha hecho nacer en nuestros corazones por la fe y los sacramentos con que Dios nos ha agraciado.
A todos deseo una santa vivencia de la conmemoración de la pasión, muerte y pascua de resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Almería, a 10 de febrero de 2008
Domingo I de Cuaresma
X Adolfo González Montes
Obispo de Almería
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2008
“Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico,
por vosotros se hizo pobre” (2Cor 8,9)
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.
¡Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas! lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).
2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.
3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que hacerse en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo sea para mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.
Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la perspectiva evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros.
¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en lo secreto” y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.
4. La Escritura, al invitarnos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría.
Más aún: san Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como repite a menudo la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece a los pecadores la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.
5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee, sino lo que es: toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días que precedente inmediatamente a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos impulsa a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.
¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.
6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el apóstol san Pedro dijo al tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6).
Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, este tiempo ha de caracterizarse por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor.
Que María, Madre y Esclava fiel del Señor, ayude a los creyentes a proseguir la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2007
BENEDICTUS PP. XVI